sábado, 1 de marzo de 2008

DIOS, PATRIA, HOGAR




Terminó de plancharle el cuello de la camisa, la dobló y la puso en la pila que estaba haciendo en el suelo. Le lustró las insignias, con “lealtad, honradez, sinceridad y abnegación” como él le ordenaba. Las puso dentro de la gorra y apoyó esta última sobre la camisa. El ancla invertida quedó pisando al sol. Sin más nostalgia que rememorar una pesadilla, agregó al improvisado altar la libreta de matrimonio y la Biblia de la mesa de luz.

El primer fósforo se apagó a mitad de camino. La llama del segundo en cambio creció hasta iluminar toda la casa.

“Sin más que lo puesto, así te vas a ir” le gritaba él cada vez que era más Capitán de Navío que marido. Y así salió, altiva y serena como diosa pagana. Para que él no lo dude, cruzó hasta el portón del taller y se lo dejó bien clarito.