martes, 2 de septiembre de 2008

"Portatelo via buttatelo" y dime qué ves


Las ideas en torno al denominado “Risorgimento” italiano correspondieron a dos corrientes, sino antagónicas diferentes. Los Carbonarios y grupos afines buscaban abolir el absolutismo, la intolerancia religiosa y defender los ideales liberales. Por otra parte, diversas casas nobiliarias se embarcaron también en la unificación de la península, intentando mantenerse inmunes a las corrientes antimonárquicas que se dispersaban por Europa en el siglo XIX.

En 1860 Giuseppe Garibaldi inició la denominada “Spedizione dei Mille” desembarcando en Marsala en la isla de Sicilia, territorio ocupado por los Borbones en lo que constituía el denominado Reino de las Dos Sicilias. Tancredi Falcone se puso su camisa roja y finalmente ingresaron triunfales en Palermo.

El siguiente paso de Garibaldi, afín a los carbonarios, debía ser obligadamente Roma. Preparó entonces una segunda marcha sobre los Estados Pontificios, donde Pío IX había recuperado el terreno perdido por la efímera Segunda República Romana.

Sin embargo, la unidad italiana bajo los preceptos liberales constituía una amenaza a la estabilidad de los nobles del norte, en particular de Piamonte. Intentando encauzar la unificación hacia una monarquía y no hacia una república, Víctor Manuel II salió rápidamente al cruce del avance de Garibaldi.

Presa del síndrome “Entrevista de Guayaquil”, Garibaldi cedió el recientemente conquistado Reino de las Dos Sicilias a Victor Manuel II, evitando de ese modo la guerra interna entre quienes buscaban la unidad. Como consecuencia, en 1861, Víctor Manuel II, de la casa de Saboya, se declaraba Rey de la Italia unificada, y establecía su capital en Florencia. Pío IX desde la comodidad Vaticana respondió con una condena lanzando su la encíclica Quanta Cura.

Enquistado en el corazón del ahora Reino de Italia, Pío IX fue uno de los principales damnificados de la derrota francesa en Sedán. La protección que le brindara Napoleón III por casi una década, desde la caída de la República Romana, llegaba a su fin. En agosto de 1870, las legiones francesas que repelieron a Garibaldi, abandonan Roma.

Tras el debilitamiento militar de las huestes Papales, Víctor Manuel II le escribe a Pío IX sugiriéndole que entregue Roma a cambio de protección. La negativa vaticana llevó al sitio de Roma por parte del general Cadorna. De un lado de la Muralla Aureliana, las tropas italianas. Del otro, el patético y ridículo ejercito de Zuavos Pontificios, entre cuyas filas se encontraba el damnificado por la abolición de la Ley Sálica, Don Alfonso de Borbón un Carlista ultra-católico (¿redundante, no?).

Cadorna entro a Roma sin encontrar más que una resistencia simbólica. Pío IX y sus caprichos se recluyeron en la villa de Castelgandolfo mientras que se producía la anexión de Roma a Italia.

Pero el Papa no se resignaba, se negó a reconocer al estado italiano, prohibió la colaboración de los católicos con el Reino de Italia y terminó excomulgando a VERDI seguramente sin haber escuchado a Giuseppe Verdi.

No le alcanzó. El poder terrenal de la Puta de Babilonia había concluido.

¿O tal vez no?